Me siento en un avismo solitario, en uno donde la soledad cala hasta los huesos. En donde duele la piel de tristeza, cansancio, desesperación, ausencia de apoyo, por el olvido de la mujer, que queda totalmente desplazada por la madre. Siento que me ahogo en la maternidad. Jamás imaginé la dimensión de lo que este rol implica. No sé quién soy. Porque a tan pocos días de haberme convertido en mamá, aún no me siento como una. Me parece que soy un despojo de una mujer que no tiene idea de lo que debe hacer. Siento que nadie me comprende, que a nadie le importa que esté destrozada física, mental y emocionalmente. Y al mismo tiempo, inmensamente feliz. Presiento que este es solo el inicio de las paradojas de la maternidad.
Las primeras semanas como mamá fueron un infierno, uno que nadie comprende, y parece exagerado y contradictorio si DEBIERAN ser los días más felices. Esa hipersensibilidad que se experimenta hace todo tan grande. Por lo general las emociones desagradables. Y al menos yo, era incapaz de gestionar lo que estaba sintiendo. No fue una depresión post parto, sino un duelo, un luto por la mujer que acababa de morir con el nacimiento de la mamá que veía en el espejo. Me dolía todo: físicamente no aguantaba la espalda, emocionamente llegué a episodios de llanto sin control. Fui a terapia de inmediato. Y fue una gran decisión. Hoy estoy un poco mejor, voy un día a la vez, pero debo admitir que me falta mucho para construir una nueva Sol.